¿Se abstienen los mormones de comer carne los viernes?

julio 21, 2009 por · Dejar un comentario
Archivado bajo: Creencias mormonas, Estilo de vida mormona, Mormones y católicos 
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La iglesia católica enseña que Cristo murió el día viernes y por esa razón, ellos siguen un cumplimiento de penitencia el día viernes, sufriendo voluntariamente como Él sufrió y de manera tradicional esto requiere el sacrificio del consumo de carne, algo que muchas personas disfrutan. Ellos utilizan el día viernes como un momento especial para buscar una cercanía con Dios, para llegar a ser consientes de sus pecados y para tratar de superarlos. A  pesar de que el Consejo de Obispos sugiere que es ahora voluntario, pero lo alienta,  aún se les pide a los católicos que se utilice el  día viernes como un día para acercarse a Dios y puede sustituir otras penitencias.  (Declaración Pastoral sobre Penintencia y Abstinencia Una declaración emitida por la Conferencia Nacional de Obispos Católicos, 18 de noviembre de 1966)

Los mormones no se abstienen de consumir carne, pero existen otras maneras en las cuales ellos también se  acercan más a Dios y se enfocan en buscar el perdón y abandonar sus pecados.

Los mormones son bautizados para la remisión de sus pecados a los 8 años, ya que consideran que es la edad de responsabilidad. Posteriormente, se arrepienten de los pecados según como se suscitan. Cada semana, durante la Reunión Sacramental (el servicio de adoración básica), los mormones participan del sacramento del pan y agua, al que llaman Santa Cena, en memoria de la muerte del Salvador. En ese momento ellos renuevan los convenios que hicieron con Dios. Aun cuando ellos no necesitan ser perfectos para participar, ellos consideran que deben prepararse para tomar el sacramento, haciendo un examen de sus vidas y arrepintiéndose de sus pecados.

Otra manera en que los mormones se sacrifican por Dios es por medio del ayuno de cada mes. El primer domingo de cada mes ellos se abstienen de todo alimento y bebida durante veinticuatro horas, que consiste en no comer dos comidas consecutivas. Por ejemplo, ellos podrían comenzar su ayuno inmediatamente después de un almuerzo el sábado por la tarde, y terminar con un almuerzo el domingo por la tarde. Ellos llegan a un servicio especial de la iglesia habiendo ayunado casi durante un periodo completo de veinticuatro horas. Ellos donan  el dinero que no gastan en alimentos durante el ayuno a un fondo especial, llamado ofrendas de ayuno, que se utilizan para suplir las necesidades de los pobres. Durante el proceso de ayuno, se espera que ocupen su tiempo en actividades espirituales tanto como  les sea posible, estudiando, orando y reflexionando. Esto tiene parecido con la  penitencia católica, un momento para crecer y acercarse más a Dios y reflexionar sobre nuestro progreso espiritual. Es también un momento para orar por alguna necesidad en especial que podríamos tener, o que podrían tener otras personas a quienes amamos.

A los mormones se les enseña a pasar tiempo contemplando los grandes sacrificios que el Salvador hizo por nosotros, tanto en el Calvario, donde tomó sobre Sí nuestros pecados, así como en la cruz, donde murió por nosotros.

La imagen que a menudo nosotros observamos del Salvador arrodillado en el Jardín de Getsemaní ni remotamente puede ayudarnos a entender lo que el Salvador, Jesucristo, soportó ese día por nosotros, cuando tomó sobre Sí nuestros pecados y empezó el proceso de convertirse en nuestro redentor. El soportó un dolor mayor del que cualquiera de nosotros puede imaginar, y lo hizo solo. Sus amigos estaban dormidos. Su familia terrenal no estaba presente. Su Padre en el cielo se contuvo y no –no podía por nuestro bien– pudo interceder.  Esto era algo que el Salvador tenía que hacer solo, sólo por nosotros, sin ayuda y Él lo hizo. Él pudo haberlo evitado. Él pudo haber rechazado el dolor y el sufrimiento, y haber dado la espalda al mundo pero no lo hizo. Él permaneció y nos concedió la redención de nuestros pecados.

El ex profeta mormón, Gordon B. Hinckley, dijo:

Él vive, el Salvador y Redentor de toda la humanidad, cuya Expiación fue un acto de gracia para todo el mundo. …Él ha hecho lo que no podíamos hacer por nosotros mismos: ha dado sentido a nuestra existencia terrenal y nos ha dado el don de la vida eterna. …Demos gracias a Dios por el don de Su Hijo, el Redentor del mundo, el Salvador de la humanidad, el Príncipe de vida y de paz, el Santo. (“Un testimonio del hijo de Dios”, Liahona y Ensign, diciembre de 2002, págs. 4-5).

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