¿Cómo reconcilian los mormones a un Dios todopoderoso con el dolor, la enfermedad y el sufrimiento?

febrero 27, 2008 por · Dejar un comentario
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Los mormones creen que Dios es todopoderoso y que tiene toda la capacidad para intervenir en nuestras vidas. Sin embargo, Él nos otorga, y es responsable del albedrío del hombre, un don que no tiene precio. En consecuencia, mientras Él puede e interviene consistentemente en nuestras vidas bajo muchas circunstancias, algunas veces nos permite experimentar las consecuencias de nuestras propias elecciones, las elecciones de los demás o los incidentes naturales. Él siente con nosotros cuando luchamos y nos promete obrar todo tipo de experiencias para nuestro bien último. El Salvador mismo ha padecido personalmente cada uno de nuestros dolores, enfermedades y sufrimientos y sabe cómo socorrernos en estas flaquezas. Su plan perfecto para nuestro crecimiento incluye el aprender de la oposición – la enfermedad, y el bienestar; lo correcto y lo incorrecto; la luz y la oscuridad. Es mediante la lucha con las vicisitudes de la vida, confiando en la expiación de Jesucristo, que somos capaces de crecer espiritualmente y alcanzar nuestro potencial divino.

Respuesta Personal de Jim Faulconer

Cuando se nos confronta con el problema del sufrimiento, es tan tentador para los mormones volvernos más filosóficos como lo es para cualquier persona. La pregunta hace que nuestra máquina filosófica, de otro modo quieta, se acelere, ansiosa por decidir cuál de las tres patas del problema tradicional derribar, o por encontrar una manera de reconciliarlas con la existencia del sufrimiento. ¿Es que Dios no es realmente todopoderoso – o es que tal vez hemos malentendido lo significa “todopoderoso”? ¿Es que Él no es todo amor o nosotros no comprendemos por completo su amor y lo que éste implica? ¿Es que Él es a la vez todopoderoso y todo amor, pero no sabe cómo detener o al menos disminuir nuestro dolor? La existencia del sufrimiento parece exigir que neguemos por lo menos uno de los atributos de Dios.

Ciertamente, ningún creyente de cualquier franja, mormona o no, puede hacer eso. Afirmamos que Dios tiene todo el poder que existe, que nos ama con todo el amor posible y que sabe todo lo que se puede saber: Él es omnipotente, omnibenevolente y omnisciente. ¿En qué tendríamos fe si no fuese en un ser como Aquel? Sin embargo, parece existir una incompatibilidad filosófica fundamental entre la afirmación de estos tres atributos y la existencia del sufrimiento.

Entonces ¿Cuál es la respuesta? Dejar de buscar respuestas filosóficas al asunto. El problema está en el enfoque: Desde la filosofía.

Job no comprendía su sufrimiento pero su falta de comprensión no era una interrogante intelectual. Era una prueba de su integridad. Enfrentado a la muerte de su familia y su propio sufrimiento, él dijo de Dios, “Aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15). En el Libro de Mormón, un segundo testigo de escrituras sobre Jesucristo, el rey Benjamín nos advierte, “Creed en Dios; (…) creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra; creed que el hombre no comprende todas las cosas que el Señor puede comprender”. Además, nos recordó lo que esto implica, diciendo, “Quisiera que recordaseis y retuvieseis siempre en vuestra memoria la grandeza de Dios, y vuestra propia nulidad, y su bondad”. (Mosíah 4:9,11)

No se pueden tratar todos los problemas con soluciones filosóficas. Desistir de la capacidad de la filosofía para solucionar este problema, sin embargo, es una pérdida sin importancia, si la hay, ya que finalmente el sufrimiento no es un problema filosófico. Gracias a Benjamín y Job reconocemos que hay cosas que no podemos explicar de manera racional, interrogantes filosóficas que no podemos responder. Pero el sufrimiento es un problema real en lugar de una interrogante mental. Es un problema de nuestra vida y de la vida de los demás, un problema que requiere nuestra acción más que simplemente nuestro pensamiento. Necesita nuestra fe, confianza y cuidadosa acción, y debemos confiar en el poder, el conocimiento y el amor de Dios con el objetivo de actuar con seguridad.

Ante el sufrimiento – propio o ajeno – la pregunta no es, “¿Cómo es posible esto?” sino “¿Qué puedo hacer?”. Actuar para acabar o aliviar el sufrimiento es la respuesta más racional – más racional que cualquier otro posible pronunciamiento filosófico – ya que tales actos imitan el sacrifico de Dios mismo, quien sufrió para salvarnos de nuestro sufrimiento.

Recursos adicionales en inglés:

Paul Ricoeur, “Evil, A Challenge to Philosophy and Theology,” Figuring the Sacred: Religion, Narrative and Imagination (Minneapolis: Fortress, 1995) 249-61.

James E. Faulconer, “Rethinking Theology: The Shadow of the Apocalypse,” FARMS Review 19:1 (2007), 175-99.

Disponible virtualmente en:

http://farms.byu.edu/display.php?table=review&id=641

Respuesta Personal de Karen

El sentir el amor de Dios en nuestras vidas incluye en lugar de excluir tiempos y situaciones de dolor y de complejidad, heridas, penas, indecisión, desánimo y depresión. Aunque algunos de nosotros vemos Su mano en algunas partes de nuestras vidas, podemos tender a querer separar el resto, disculpándonos o perdiendo el gozo permanentemente frente a lo que parece una anomalía al plan o una decepción inexplicable.

El dolor es una cosa difícil de ver y comprender, a menos que tengamos un panorama más amplio. Si no lo tenemos, es entonces cuando muchos de nosotros nos alejamos de la presencia de Dios y pensamos que Él se ha alejado de la nuestra, y dejamos de lado nuestros testimonios, temerosos de que nos veamos decepcionados.

Y también, es fácil esperar vidas libres de dolor como seguidores de Cristo, pero como un mormón dijo: “El evangelio no es una exención del dolor; es un recurso en la época de dolor”. Yo testifico que la escritura del Señor en nuestras vidas en siempre evidente aún cuando no podemos obtener Su mensaje completo de una sola vez. Testifico que Él está tanto en el laberinto de nuestras vidas como lo está en los momentos tranquilos, o Dios dejaría de ser Dios.

Recuerdo cuando a mi madre le diagnosticaron cáncer pancreático. Me gustaría compartir una parte de esa historia con ustedes, con la esperanza de que puedan sentir que Dios está al tanto de cada segundo de su pesar o de la prueba física más profunda.

Cuando llegué al Centro para el Cáncer Fox Chase, sufría por mi madre. Ella padecía un gran dolor hasta que el personal médico le aplicara un suero con suficiente dosis de morfina para mantenerla cómoda. Esta situación era muy similar a su estadía de 25 días en el hospital, hacía veinte años, cuando tuvo obstrucción biliar y complicaciones quirúrgicas de alto riesgo.

Estaba controlando la oxycodona de mamá cada hora y buscando la forma de aumentarla, de acuerdo a las instrucciones del médico –y los volantes de protocolo del hospital pegados casi en cada pasillo- para que mamá tuviera el menor dolor posible. Pero, el lapso de tiempo entre las dosis incrementadas se convirtió en un valle de desesperación para ella.

Recuerdo la primera noche que pedí quedarme con ella y no me fue permitido. Más tarde supe que ella se había retorcido en agonía entre las dosis de 10 y 11:30 p.m. Finalmente, después de una conversación matutina con el jefe del equipo de control del dolor, logramos manejar a sus médicos y su dolor. La morfina pasaba por vía intravenosa en una dosis basal, y para ataques de dolor extra, mamá tenía la libertad de presionar el botón para recibir una dosis o bolo extra y limitado.

Recuerdo varias ocasiones cuando los quejidos de mamá eran casi más de lo que yo podía soportar. Oraba para que ella no tuviera un segundo más de dolor de lo necesario para su exaltación y purificación. Y luego pregunté al Señor expresamente, en un tipo de arrebato espiritual: “¿Cuánto dolor es suficiente? ¿Cómo sabes Tú que ésta o esa cantidad específica es exactamente la cantidad correcta? ¿Cómo Tú cuantificas o calificas el dolor? Yo confío en Ti, pero por favor ayúdame a aumentar mi entendimiento”.

Mi respuesta vino en olas de recuerdos. La primera remembranza vino en forma de un relato familiar. No importa si la versión es real o ficticia, lo que importa es que el Espíritu me la dijo mientras reflexionaba. Es la historia conocida como “El Fuego Afinador”.

Hace algún tiempo, algunas damas se reunieron para leer las escrituras. Mientras leían el tercer capítulo de Malaquías, llegaron a una expresión extraordinaria en el tercer versículo, ‘Y [Él] se sentará para afinar y limpiar la plata’.

La opinión de una dama era que esta expresión trataba de transmitir el punto de vista de la influencia santificadora de la gracia de Cristo. Luego ella propuso visitar a un platero e informar a sus amigas lo que él dijera sobre el tema.

Ella así lo hizo, y sin decirle el objetivo de su encargo, le pidió saber el proceso de afinar la plata, el cual él le describió totalmente. ‘Pero Señor’, dijo ella, ‘¿Usted se sienta mientras el trabajo de afinamiento se lleva a cabo?’

‘Oh, sí estimada señora’, replicó el platero; ‘Debo sentarme con la vista continuamente fija en la caldera, porque si el tiempo necesario para afinar se excede en el más mínimo grado, se dañará la plata’.

Mientras la dama salía de la tienda, el platero la llamó nuevamente, y dijo que tenía una cosa más por mencionar – que el platero sólo sabe que el proceso del afinado está completo, al ver su propia imagen reflejada en la plata.

A medida que este relato re-ingresaba en mi alma, supe que cada segundo del dolor de mi mamá, y por ende, de cada uno de nosotros – era medido. Recibí justo la respuesta a una de las dos preguntas que hice, un testimonio seguro de que el dolor es cuantificado. Y aunque todavía no sabía cómo, eso no parecía importar. El Espíritu Santo da constancia de que Dios el Padre y el Salvador saben al segundo, cuál es la proporción, cuánto es lo adecuado y suficiente para el afinamiento que requerimos.

Observe como respondió la segunda pregunta, “¿Cómo calificas Tú el dolor? A través de este mismo relato, el Espíritu grabó en mi alma un conocimiento de que el dolor también era calificado por el Afinador. Él vería nuestra imagen cuando el trabajo estaba completo. No sólo sabía Él cuántos segundos mantenernos en el calor; Él también sabía con exactitud la calidad específica que se esperaba del producto final.

Dios tenía el control de la cantidad y calidad de dolor en esta prueba. No había margen de error. Qué clara respuesta a la pregunta de una niña en momentos de adversidad. La mano de Dios con seguridad no había desaparecido ni había tardado.

La segunda ola de recuerdos vino en forma de un poema que había leído una vez de un autor desconocido:

Por tanto tiempo se quedó el dolor

Que le dije: “Ya conmigo no estarás”

Pisé fuerte, grité ‘Aléjate’, y con estupor,

atónita quedé por la apariencia de su faz.

‘Yo, que he sido tu amigo’, dijo con temor,

‘Yo, que he sido tu maestro—me acusó

Sobre entendimiento, simpatía, amor,

Y también paciencia, todo te he enseñado yo.

Dijo la verdad este extraño e inoportuno invitado;

Lo observé salir, y supe que sabio Él era:

Un tierno corazón en mi pecho ha dejado

Y en mis ojos una visión clara y certera.

Sequé mis lágrimas, y elevé una canción—

Aún por el que me había torturado un montón.

(Tragedy or Destiny-Tragedia o Destino, Spencer W. Kimball, Deseret Book:1886, p. 4) (Traducción Libre)

Hallé fortaleza en esta declaración de dolor de alguien que lo conoció directamente.

La tercera ola arremetió. Era la siguiente cita que vino a mí en parte, pero que ahora comparto en forma completa:

Ningún dolor que suframos, ninguna prueba que experimentemos es en vano. Ayuda a nuestra educación, al desarrollo de cualidades tales como la paciencia, la fe, la fortaleza, y la humildad. Todo lo que sufrimos y todo lo que soportamos, especialmente cuando lo soportamos pacientemente, forja nuestros caracteres, purifica nuestros corazones, expande nuestras almas y nos hace más tiernos y caritativos, más dignos de ser llamados los hijos de Dios (Orson F. Whitney, ibid).

De hecho, cuando pedía, cuando necesitaba reforzar el panorama más amplio, recibí una respuesta. Así como mamá estaba recibiendo una dosis adicional de morfina cuando la necesitaba, a la presión de un botón, yo, también recibía píldoras espirituales e inyecciones intravenosas de fe p. r. n.

Podado, Prensado y Purificado

He llegado a comprender un poco más de lo que significa que cada uno de nuestros corazones necesitarán ser podados, prensados y purificados, en forma muy similar al árbol de olivo y el aceite de oliva que simboliza el proceso, el Purificador y el producto de un corazón puro.

He meditado acerca de esta relación entre el aceite, el lagar y nuestros propios lagares, y comparto el recorrido de mi pensamiento.

El aceite: Oro líquido

Homero lo llamó “oro líquido”. Los atletas lo usaron para untarse todo el cuerpo con él. Se usó para ungir, para cocinar, como una fuente de luz y ungüento terapéutico por siglos. Se preparaban infusiones con flores y hierbas para producir tanto medicinas como cosméticos. Este oro líquido es comúnmente conocido como aceite de oliva.

Yo crecí con él, remojado con tomates y parmegiana, en una auténtica “crema”(gravy en inglés) (ustedes la llaman “salsa”), combinado con vinagre en las ensaladas, brillando en el fondo de un tazón esperando ser absorbido por un crocante pan italiano. Era el aceite indispensable de mis antepasados mediterráneos, el ingrediente saludable en la cocina nacional y la misma base para la ordenación de gobernantes.

Estuve intrigada con sus propiedades saludables desde que era pequeña, pero lo estoy más aún ahora, habiendo sido ungida, iniciada, bendecida, y sanada por medio de este aceite que se colocó en mi cabeza – consagrado por los administradores correctos del sacerdocio de Dios. He sentido su influencia purificadora y he llegado a apreciar su significado.

El lagar del olivo

La molienda de olivo es un proceso increíble y una metáfora inmediata. Antes de que se pasen las aceitunas por la molienda, se pesan cuidadosamente y se vierten a través de un tamiz de malla para separarlas de sus hojas. Las aceitunas deben cosecharse en el momento preciso y deben ser llevadas al lagar o almazara inmediatamente para que no se deterioren.

Después de que son lavadas y enjuagadas, se envían a la molienda o triturador. He visto fotos de ruedas dentadas de granito de 3,500 libras de peso usadas para triturar aceitunas, son colosales. Las aceitunas se colocan en un contenedor largo de acero mientras las gigantescas ruedas de piedra retumban sobre ellas implacablemente, en continuo movimiento circular, triturándolas hasta convertirlas en una pasta. Ellas son trituradas hasta convertirse en pasta primero, para ayudar a liberar los glóbulos de aceite. Y luego son batidas favoreciendo la salida de aceite para su extracción. Todo eso como usted puede imaginar, es un trabajo ingenioso y de intensiva labor.

Getsemaní: Jardín del lagar de olivo

Los productores del más fino aceite de oliva—al igual que el más grande Recolector de Almas–conocen el olivo, el momento preciso de la cosecha, el momento para prensar, la manera de llevarlas las aceitunas al lagar (se pueden dañar aún con su propio peso), el mejor método de obtener el aceite más puro – creando un producto extra-virgen.

Cuando sentimos la prensa en nuestro corazón, entonces, sabemos que el Señor de la Viña es el que está extrayendo la divinidad que tenemos dentro, y que Él también pasó por la prensa – la prensa combinada por la que cada uno de nosotros pasará, en una forma que apenas podemos vislumbrar.

Eso me hace reflexionar sobre esta descripción del vínculo entre el lagar de olivo y el sacrificio expiatorio del Salvador:

El Salvador fue, espiritualmente hablando, pisoteado, aplastado, triturado hasta que los mismos tejidos del corazón [lloraron] pidiendo consuelo y hasta que la “misericordia [tuvo] compasión de la misericordia y reclamara lo suyo” (D. y C. 88:40), que él pueda saber, de acuerdo a la carne, cómo socorrer a su pueblo. (El lagar: Un símbolo de Cristo, FARMS, págs. 5, 7).

Bordea lo inexpresable el hecho que el Salvador fuera inocentemente presionado más allá de lo que alguna vez nosotros pudiéramos resistir, y que Él ahora es el abogado en los lagares de nuestro corazón, dejando que el néctar de nuestro potencial se produzca en nosotros.

De tal modo que, el aceite triturado es virgen.

La plata afinada por el Afinador es perfecta cuando está acabada.

El dolor también trabaja a favor de nuestras vidas eternas. Estamos aquí, ahora para experimentar todo lo que viene con un cuerpo, para refinar nuestros espíritus en la turbulencia y triunfos de esta esfera mortal. Y se nos promete que valdrá la pena, si perseveramos fielmente.

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